Ojo de Sauron

De como me independicé de Google (i) – No sos vos, soy yo.

Que Google lleva años pasándose nuestra privacidad por el arco del triunfo y que sabe más de nuestra intimidad que nuestro terapeuta no es ningún secreto. Y que nosotros le hemos ido consintiendo cada vez más a cambio de sus servicios "gratuitos", tampoco.

Hace unos meses me hacía eco de una curiosa noticia. Google iba a empezar a tomarse la libertad de monitorizar el contenido que mantenemos en Drive por si acaso guardamos algo que ellos puedan considerar «inadecuado». Y en tal caso, podría tomar partido con acciones que irían desde restringir el acceso al contenido ofensivo hasta eliminarlo. Y recordemos… que cuando Google habla de «contenido» se está refieriendo a nuestro material (nuestras fotos, por ejemplo)

Un poco de memoria

Que Google lleva años pasándose nuestra privacidad por el arco del triunfo y que sabe más de nuestra intimidad que nuestro terapeuta no es ningún secreto. Y que nosotros le hemos ido consintiendo cada vez más a cambio de sus servicios «gratuitos», tampoco. No estará mal hacer un poco de memoria:

Antes que nada Google fue el buscador que todos adoptamos ilusionados de manera totalmente acrítica hará como unos veinte años. Un buscador que, por cierto, toma nota de cada búsqueda que hacemos y selecciona cuidadosamente los resultados que nos muestra para que sean «relevantes» para nosotros. Un nosotros que pronto se materializó en una dirección de correo Gmail, también «gratis», alojada en sus servidores, y que se convirtió a efectos prácticos en el carné de identidad dentro del universo Google. Después llegó Chrome, ese estupendo navegador. Y lo digo sin ironías: rápido, ágil, lleno de prestaciones, que nos permitía trasladar nuestra experiencia de navegación de una máquina a otra de manera transparente a golpe de recopilar información sobre cada uno de nuestros gustos construyendo así nuestro «perfil». Y, como no, para todos los que nos afanábamos manejando las agendas de aquellas primeras «palmtop» (hay que ver qué mal envejecen algunos términos) llegaron en nuestro auxilio los servicios de Google Calendar. Menos mal que en cuanto la tecnología de aquellos primeros computadores de mano con teléfono integrado, a los que de pronto todos empezamos a denominar con el hortera anglicismo de «smart phone», empezó a madurar, apareció Google de nuevo con su sistema operativo «gratuito» Android para hacerlos funcionar. Y tan bien funcionaron que pronto integramos toda nuestra agenda, tanto telefónica como de email en Google Contacts, lo que además nos permitía pasar de un teléfono a otro sin perder un solo número. Y hacíamos copia de seguridad de todos nuestros datos en la nube de Google Drive, incluyendo las fotos. Y felices dijimos adiós a aquellos «carísimos» navegadores TomTom y Garmin, adoptando los mapas de Google Maps y su servicio «gratuito» de navegación. Y hubo tal regocijo que pronto todos quisimos que formara parte permanente de nuestro vehículo, así que llegó Android Auto para instalarse en nuestros coches. Y suma y sigue, y seguro que me dejo cosas. ¡Y lo que está por venir!

Algo pasa con Google

Google sabe qué nos gusta, qué miramos, qué nos entretiene, qué nos interesa, con quién nos comunicamos, a qué nos dedicamos, qué horarios tenemos, por dónde nos movemos, adónde viajamos o vamos de vacaciones, dónde vivimos nosotros, nuestra familia y nuestros amigos, cuánto tiempo pasamos en la panadería, en ese bar de mala muerte o en casa de fulanita, dónde caí borracho por última vez o lo poco que salgo de casa y el tiempo que hace que no me como un rosco, a que manifestación decidí ir, o si es que quizás preferí no ir…

Vamos, que no es de ayer precisamente el que tengamos sobrados motivos para recelar de esta compañía. Pero lo de Google Drive… no sé cómo decirlo, ha sido la puntilla, la gota que ha colmado el vaso. Ya sólo faltaba que el día que por la razón que sea lleguen a la nube aquellas fotos que nos hiciéramos mi churri y yo aquel verano en el Pirineo, cuando la euforia debida seguramente a la altitud nos llevó a pensar que era buena idea inmortalizar el momento de chapuzarnos en pelotas en un ibón, llegue el Sr. Google a meter las narices y les eche un vistazo no vaya a ser que le parezcan o le dejen de parecer lo bastante «adecuadas» para existir en su exquisita nube. Como si ese maldito criterio moralista y puritano que lo está embarrando todo tuviera que perseguirnos también a nuestra alcoba digital. Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. Igual que hay cosas en la vida que es mejor no ver, también hay experiencias por las que es mejor no tener que pasar. Y para los que penséis que exagero, molestaros en echar un vistazo a sus políticas, sobre todo la parte en la que dice eso de que «podemos revisar el contenido y tomar las medidas que estimemos oportunas», teniendo en mente que esto incluye su servicio Drive, ese lugar donde el común de los mortales guarda su material más intrascendente pero también el más personal.

Así que aquí estoy, embarcado en una trayectoria que ha de llevarme poco a poco, o eso espero, a la independencia total de Google y su omnipresente actitud vigilante cual ojo de Sauron. Trayectoria que en su momento ya recorrí con Microsoft con notable éxito, aunque por razones diferentes.

Lo que empezó siendo una entrada en la que recoger algunas conclusiones para que no cayeran en el olvido ha terminado convirtiéndose en la crónica de un peregrinaje en busca de un uso más libre y neutro de la red. Una red que, para quienes la vimos aterrizar en medio de nuestras vidas, nunca debería haber dejado de encarnar ese espíritu de interconexión y libertad con el que todo empezó. De manera que dedicaré varias entradas, una por cada etapa del camino, y a medida que las vaya publicando, las iré enlazando también desde aquí.

Empezamos:

  1.  De como me independicé de Google (ii) – Navegar sin temor…

 

 

 

 

 

 

 

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